La hoguera de las vanidades

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sábado, 28 de octubre de 2017

Ferreras y diez más


Es un hecho: La Sexta se encamina hacia un modelo "all news" de programación, huérfano en la televisión privada española desde el cierre de CNN+ en diciembre de 2010.  Su formato para retransmitir -el verbo está elegido con toda intención- actualidad política tiene muchos aspectos discutibles, pero ha funcionado contaminando de paso el modo de proceder de sus competidores. Ahí está TVE cediendo a las presiones y pasando ese contenido a su primer canal, vaciando de todo sentido el 24h, un producto que a día de hoy le diferencia de la oferta privada. 

La crisis catalana ha escenificado el culmen de este formato. Ha supuesto casi un salvavidas para la cadena de Atresmedia, que llegó a pasar algunos apuros cuando el devenir político entró en cierta planicie entre el final de la primavera y el principio del verano. (Tiempos aquellos). Si por algo ha destacado el planteamiento de La Sexta es por la omnipresencia en pantalla de Antonio García Ferreras y, en menor medida, de Ana Pastor. El hecho de que este presentador llegue a asumir el control de especiales de muchísimas horas de duración, con su consiguiente deterioro físico evidenciándose a los ojos del espectador, ha generado una riada de bromas en las redes sociales. Prima en ellas un tono compasivo con el periodista. Éste no puede resultar más desacertado. García Ferreras es su propio jefe, y si acapara el tiempo televisivo en tan desmedidas circunstancias es, ni más ni menos, que porque le da la real gana. 

Lamento ir contracorriente. Pero me está pareciendo una puesta en escena grotesca. El "timing" de los acontecimientos de la crisis catalana parece casi pensado para su reflejo en televisión. No es uno de esos acontecimientos que surgen de modo inesperado y obligan a actuar bajo la improvisación, que es lo que hasta ahora había provocado esas presencias maratonianas bajo el calor de los focos. Permite, por tanto, una correcta planificación de la cobertura, por extensa que ésta sea. Ahí va incluido el lógico refresco de las caras que lleven el peso de la emisión. No creo que La Sexta ande escaso de ellas. (A título ya muy personal, me extraña sobremanera ver a Hilario Pino recorrer el camino inverso del periodismo televisivo, del plató a la calle, cuando me parece uno de los mejores conductores informativos de los que ha gozado el medio). 

Así las cosas, estas emisiones-río de un Ferreras convertido casi en la mosca de su canal deberían ser objeto de un análisis crítico algo más profundo que la palmadita en la espalda por una machada tan innecesaria como contraproducente. (¿Qué quiere ser La Sexta? ¿Un referente de la información televisiva o un espejo para el ego de su máximo responsable?). La constante presencia en plano de este periodista, casi siempre respaldado por Ana Pastor, supone, además, algo más grave: una falta de respeto hacia los demás profesionales de la cadena. 

Más periodismo, claro que sí. Pero con más rostros. 

martes, 12 de septiembre de 2017

En el ojo del huracán

“El rasgo más característico de la televisión es que la gente la ve, de ahí que se llame teleVISIÓN. Y lo que ven, y les gusta ver, son imágenes en movimiento, millones de ellas, de poca duración y dinámica variedad. Va en la naturaleza del medio el deber de esconder lo relacionado con las ideas para acomodarse a las necesidades del interés visual, que es como decir acomodarse al negocio del espectáculo”.
(Neil Postdam, Divertirse hasta morir, Ediciones La Tempestad, Barcelona, 1991)

Andan los periodistas divididos en Twitter a costa del huracán Irma. Pero, ¿cómo? ¿Es que hasta los fenómenos meteorológicos, de consecuencias tan innegables, también se prestan a la controversia? Sí y no. El motivo de la discrepancia está en su cobertura informativa o, por decir mejor, en la puesta en escena que se le da a esta cobertura en el medio televisivo. Almudena Ariza, de TVE, ha despertado, ya desde el anterior huracán Harvey, algún que otro comentario crítico por realizar sus conexiones en directo sumergida en las aguas. Pero la palma se la ha llevado su homólogo en Antena 3 TV, José Ángel Abad, que el pasado fin de semana desafiaba las órdenes de evacuación e informó en directo sobre el terreno, padeciendo, a ojos de los espectadores, todos y cada uno de los rigores del paso del huracán.
La reacción ha sido ambivalente. Los elogios han predominado entre las figuras del periodismo que se han pronunciado. Pero las redes sociales han sido vehículo de otros comentarios que han mostrado duda sobre la utilidad real de la temeridad. La comparación con el periodismo de guerra ha salido a relucir en el debate. La esgrimía, por ejemplo, una de las periodistas más brillantes de su generación, Irene Cacabelos. Me parece un aspecto interesante para la discusión. Es evidente que los periodistas que informan de los conflictos bélicos sobre el terreno se están jugando la vida. A todos nos vienen a la cabeza un buen puñado de nombres que se quedaron por el camino en su búsqueda por informar al público. Pero a la hora de ejercer el periodismo, creo que la comparación entre una guerra y un fenómeno meteorológico no se sostiene demasiado. En la primera, el informador debe luchar contra un muro de opacidad. Su presencia, tan valiente, allí dónde las balas silban al oído aporta un extra que le da acceso a más y mejor información. Hay abundante literatura a este respecto. El periodista de guerra es, y no es ningún tópico, una especie aparte dentro del oficio.
Lo de un huracán es muy diferente. Los institutos meteorológicos disponen de toda la información que el consumidor pueda querer saber. Quedarse impertérrito a modo de “dummy” viviente para que el espectador, repanchingado en su sofá, vea que en efecto lo del fenómeno devastador de turno va en serio, tiene más que ver con la obtención de una imagen poderosa que con la difusión de una información que aporte un algo más. Claro que ésta –la imagen- es indispensable en la televisión. Pero su obtención tiene que realizarse en unas condiciones de seguridad mínima para los profesionales.
No hace falta irse muy lejos para encontrar ejemplos de esta deriva en la información televisiva. En cuanto el termómetro baja de cero grados, es ya costumbre enviar a algún sufrido reportero al punto más frío que se tenga a mano. Desde ahí es condenado a realizar unas conexiones en directo del todo imposibles. Las condiciones climatológicas impiden que el periodista pueda trasladar una información mínimamente comprensible, entre tiritonas y mocos en avanzada fase de congelación cayendo sobre sus rostros. Nadie nos explicó en la facultad cómo sobrevivir a una hipotermia. Los datos son irrelevantes. La gestión de las alertas en caso de frío extremo fluye prácticamente sola. Nada nos va aportar ver a una persona recitarlas a duras penas en mitad de la inclemencia. Nada excepto la imagen, claro. La información, sí, como espectáculo. (“¿Has visto qué frío hace? Ha salido uno en la tele que no podía ni hablar”.) La Sexta, y muy especialmente su vespertino Más vale tarde, ha hecho de esta clase de conexiones casi un género en sí mismo.
Todos somos un poco culpables. Pensamos en la imagen por encima de todo. Es difícil no caer en la tentación: la difusión que ahora mismo puede conseguir una foto de impacto o un vídeo corto y estremecedor, hubiese resultado inimaginable hace sólo unos años. A casi todos los periodistas nos pierde un poco el ego. Pero conviene pararse a reflexionar un poco. Establecer unos límites. Fíjense en el título del libro que se cita al principio. No se trata de convertirlo en realidad.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Lo peor de nosotros mismos



Es un ejemplo muy ilustrativo de los tiempos que vivimos: el 20-N ha adquirido estos últimos años una trascendencia sensiblemente mayor de la que tenía cuando vivía la mayor parte de la gente que coexistió con la Guerra Civil y el franquismo. Este año, podemos decir sin demasiado rubor que ha sacado lo peor de nosotros mismos. ¿Plural mayestático? Bueno, estamos hablando de los medios de comunicación. Distintos patinazos televisados, colgados e impresos me han llamado enormemente la atención estos días. Todos ellos tienen como trasfondo, de alguna manera, la efemérides. Algo querrá decir. Vamos por partes. 

Cuando La Sexta entra en tu archivo 

La Sexta prefirió el aniversario redondo y centrarse en los 40 años transcurridos desde la aprobación, por parte de las suicidas cortes franquistas, de la Ley para la Reforma Política. En buena hora. El plato fuerte de su edición de La Sexta Columna consistía en una "revelación" de Adolfo Suárez. Fue en 1995 durante una entrevista con Victoria Prego para... Antena 3 TV. Ay, el peligro de las fusiones. El fusionado tiene acceso a tu archivo y sepa Dios el uso que le va a dar. 

A mediados de los años 90, la Transición empieza a adquirir esas dimensiones míticas que hoy tanto se critican. Tuvo mucho que ver en ello la propia Prego, gracias a su excelente serie homónima que TVE tuvo mucho tiempo en el cajón y finalmente se decidió a estrenar en el verano del 95. En ese contexto, Antena 3 -en aquel entonces, propiedad de un conglomerado de empresas en las que tenía voz preponderante el Grupo Zeta- le encarga a la periodista un reportaje sobre el 20 aniversario del reinado de Juan Carlos I. Según le acaba de contar a lainformacion.com, se decidió a entrevistar a todos los presidentes. La de Suárez le pareció tan interesante que propuso su emisión independiente. Antena 3 TV rechazó tal posibilidad. Fíjate tú lo que son las cosas. 

La revelación en sí no era otra que el porqué de la presencia del Rey en la histórica ley del 76. 

...la mayor parte de los jefes de gobierno extranjeros me pedían un reférendum sobre monarquía o república. (...) Hacía encuestas y perdíamos. Era Felipe el que les estaba pidiendo a los otros que lo pidieran. Entonces yo metí la palabra "Rey" y la palabra "monarquía" en la Ley y así dije que había sido sometido a referéndum ya. 

¿De verdad resultaba tan sorprendente? ¿Tan difícil es para las nuevas generaciones de furiosas hordas de Twitter hacer el esfuerzo de situarse en el contexto de la España de 1976?  Repasa uno lo que el sector más a la izquierda de la opinión publicada -ya sea en medios de comunicación o en redes sociales, si es que asumimos que son cosas distintas- dijo ante la "sorprendente" revelación y no puede sino quedarse ojiplático. Cuánto odio, Dios mío. Pero, aunque uno se sitúe en contra de los que se tiran de los pelos, no puede sino reconocerse que entra en el terreno de lo opinable. 

Distinto es lo que pasa con la forma de la cuestión. Suárez hace la revelación tapándose el micro de corbata que lleva puesto. Le está haciendo una confidencia a Victoria Prego. Es lo que cualquier periodista conoce como un "off the record". No voy a echar mano ni del hecho de que Suárez esté muerto ni de que sea plausible que en 1995 estuviera bajo los primeros síntomas del mal que padeció en sus últimos años. No me hace falta. Es un atentado contra la ética periodística de primera magnitud. 

Los responsables de La Sexta son excelentes periodistas y personas de probada inteligencia. El meritorio éxito de su apuesta por la información política -a la que han sabido barnizar de golpes de efecto propios del concepto clásico de "espectáculo televisivo"- no debe ser excusa para violentar los más elementales principios periodísticos. 

Ni la cuestión merecía el bombo que le dieron ni la forma en la que se accedió a la información en sí justificaba su difusión. Escribo estas líneas mientras escucho -en diferido- las explicaciones al respecto que aporta César González Antón en Más de uno, de Onda Cero. Invoca una especie de caducidad del "off the record". Lo siento, no lo veo. 


Vertele


Hay franquistas en mi sopa 


Las manifestaciones que los nostálgicos del franquismo siguen llevando a cabo con motivo del aniversario de la muerte del dictador pueden tener interés periodístico, no digo que no. Un cierto análisis sociológico de la gente que acude, etc. Dar relieve al hecho de que sigan existiendo, como ha hecho estos días atrás eldiario.es me resulta más desconcertante. En esta España de alrededor de 47 millones de habitantes sigue habiendo franquistas. Bueno. Pero, ¿cuántos son? Las concentraciones hablan por sí solas: hay salas de los Renoir que no se llenarían con ellas. Son una de tantas minorías insignificantes que existen en una población tan grande y diversa. Claro que da repelús verlos añorar ese régimen y manifestarse enarbolando la bandera preconstitucional. Pero convertirlos en algo significativo es una traición al retrato veraz de una sociedad que debe aspirar a dibujar el periodismo riguroso. A la línea editorial de la publicación que dirige Ignacio Escolar puede venirle bien una España llena de fachas. Pero que la realidad no te estropee el titular. (Topicazo, lo sé). 

Cuando España se sitúo en amplísima mayoría en contra de los planes de ayuda a EEUU respecto a una guerra contra Irak en los que creía firmemente José María Aznar, Tony Blair bromeó con éste haciéndole ver que el porcentaje de españoles que le respaldaban era similar al de ciudadanos del mundo que piensan que Elvis sigue vivo. Pues eso. 




Y de ahí, a la apología del franquismo 

Pero, ¿cómo? ¿La derecha mediática se va ir de rositas en este repaso de bochornos? Tranquilos: está Salvador Sostres. Franco y Hitler se llama la columna que ha provocado más de algún atragantamiento al que se haya acercado a ABC esta mañana. Se trata de una apología del franquismo en toda regla. Muy desafortunada en el fondo y directamente nauseabunda en la forma. "Franco resolvió el problema para España", dice en la que quizá sea la frase más comentada en las dichosas redes. Hay muchísima más tela que cortar. Se mete en tema tan controvertido como los judíos salvados por el dictador, un asunto del que circulan versiones tan diversas que es un insulto al rigor periodístico decir que "salvó a miles" en una columna de opinión sin aportar más datos al respecto. La democracia fue su "gran obra póstuma", según el polemista catalán. Hombre, lo suyo sería aseverar, como mucho, que en sus últimos años veía la democracia casi como un mal menor, pero nada más. A este recurrente testimonio me remito. 

Por lo menos, su defensa de Franco se basa en un ataque a Hitler. El provocador no ha llegado a más. De momento. 

Es una ilustración de un mal perenne en la sociedad española. La coincidencia ideológica prima sobre los principios fundamentales, como anteponer la democracia a cualquier dictadura.  De ahí que cierta izquierda salude con regocijo a Otegi o babee con el régimen cubano. Y que cierta derecha mire hacia el franquismo -que muchas veces no vivió- con agrado. 

Una triste conclusión 

La imagen de la gigantesca obra de la Transición sigue ajada. Quizá no tanto como en el tsunami de 2014 (en la misma quincena, Podemos se plantó en el Parlamento Europeo y el rey Juan Carlos abdicó), pero sí en un alto grado. Los medios de comunicación tienen mucha culpa. Parece que molestara el consenso de entonces. Ese esfuerzo para que cupieran todos ha quedado arrinconado. Unos y otros pugnan porque "su" España se imponga a la otra. 

Qué pereza. 






domingo, 17 de enero de 2016

Arús no estaba en lo cierto


Debió ser en algún momento entre 2003 y 2004. En cualquier caso, pudo ser como pronto en 2001 y como tarde en 2005. Porque fue durante una emisión matinal de Cadena 100 en los tiempos en los que franja era comandada por Alfonso Arús. Y qué tiempos. Hay que ver lo que se echa de menos a Arús en la radio. Pero no nos desviemos. 

En aquel entonces, el comunicador catalán se atrevió a lanzar una predicción de futuro. Es un arriesgado ejercicio que, visto con la perspectiva del tiempo, no le pudo salir peor. Para su desgracia, un oyente con algo de memoria está a punto de recordarlo. Arús se mostró entonces convencido de la total desaparición de los políticos de las pantallas de los televisores. En esos años, tenían su reducto en los "desayunos" que emitían a primera hora las grandes cadenas, reducidas a TVE-1, Antena 3 y Telecinco. Según el criterio del primer presentador de Vídeos de primera, en cuanto algún directivo televisivo mostrara el menor olfato, serían también expulsados de esos programas de entrevista con cafés y periódicos encima de la mesa. Su lugar sería ocupado por macro-shows que despertaran al pueblo desde los últimos compases de la madrugada, alternando información de servicio con puro espectáculo para contemplar legañoso. Algo en la línea del mexicano El Mañanero, estupefaciente programa, presentado por un hombre vestido de payaso que respondía por Brozo, del que nos llegaban algunos retazos gracias a los espacios de zapping tan en boga those days. 

Es posible que Alfonso Arús se postulase entonces para hacer algo parecido. Pero eso no lo tengo registrado con la misma nitidez. En cualquier caso, entenderán que se me dibuje una sonrisa al recordar la predicción, que no ha podido demostrarse más desencaminada. De ello han dado buena cuenta los medios de comunicación durante la pasada campaña electoral para las Elecciones Generales del 20 de diciembre de 2015. Hemos tenido políticos hasta en la sopa y sobre eso se ha teorizado hasta la náusea en las últimas semanas. 

¿Qué ha podido ocurrir para que la realidad haya sido tan diferente a lo previsto por una persona con criterio y experiencia en los medios de comunicación? La pasada legislatura ha sido la de los políticos en televisión. No es ya que hayan sido invitados estrella en entrevistas de postín (las de Gloria Lomana en Antena 3, las de Pedro Piqueras en Telecinco, las típicas de TVE), es que se han dejado ver en espacios de entretenimiento de prime-time. Ítem más, durante los últimos meses es habitual ver a dirigentes de cierto rango -líderes emergentes, portavoces cualificados de los partidos tradicionales- entrando como si tal cosa en conexiones dúplex en los programas de tertulia de media mañana. A diario. Dos canales generalistas, La Sexta y 13tv, han hecho de la información política su santo y seña. La presencia de políticos en sus platós es, con tal motivo, cotidiana. Magacines que hace unos años se nutrían casi en exclusiva de sucesos y corazón -El programa de Ana Rosa, Espejo Público- cada vez ceden más cancha a los políticos. 

No sé si algo se truncó desde entonces hasta acá. O, simple y llanamente, Alfonso Arús no estaba en lo cierto. 






sábado, 30 de mayo de 2015

Un debate tuitero con Ana Pastor

Doy, vía Twitter, con una magnífica columna de Hughes en ABC. Por su interés (o sea, por el mio, porque me va a ahorrar mucha explicación), lo reproduzco a continuación, sin ánimo de cometer delito alguno contra la propiedad intelectual: 
Al tertulianés que registra Antonio Burgos podría añadirse la expresión «líneas rojas». Se dice mucho ahora. Todos establecen líneas rojas en el diálogo multipartito. Qué cosas. Pues ayer hubo un momento televisivo de líneas rojas. Fue en «Al Rojo Vivo», y perdón por la redundancia. Informaba Ferreras de unas declaraciones de Ana Palacio en las que habría comparado a Podemos con el ISIS. La realidad es que la exministra participó en un debate y habló de cómo en un mundo cambiante, «en mutación», la nostalgia se convierte en un factor político. Puso ejemplos: la nostalgia del califato por el ISIS, la de la grandeza decimonónica en Rusia o la de formas de feliz unidad comunitaria en Europa, entre ellas, la Barcelona de Ada Colau. No había una comparación de elementos, sino la comparación de una relación. Lo asombroso es que Ferreras emitió un «audio» con ella explicando lo anterior y al terminar, con gran aparatosidad de brazos y con una indignación muy severa, siguió sosteniendo lo mismo: «Ana Palacio compara a Podemos con el ISIS». Sus tertulianos cabecearon el asentimiento y el titular se difundió por muchos medios. En Twitter lo hizo la periodista Ana Pastor y obtuvo más de 200 redifusiones. Palacio ofreció su artículo y consiguió sólo 12. Cada uno tiene sus ideas, pero algunas cosas las compartimos; la lógica y sus reglas, por ejemplo. Se observa, además, que alrededor de Podemos se está creando un campo de seguridad semántico en el que sólo caben las palabras amor, ciudadano, bueno, democracia, cambio, desahucio, transparencia y «Juego de Tronos». Si te sales, o estás loco o eres lo de siempre: un facha.
Suscribo el contenido con bastante entusiasmo. Habla de una de las cosas que más me gusta: el rigor en el ejercicio de la profesión periodística. No digo que los dos profesionales que cita la columna -Antonio García Ferreras y Ana Pastor- no lo practiquen en el día a día. Pero sí patinaron en el caso que nos cuenta aquí Hughes.  Con ese ánimo, pío en Twitter lo siguiente: 


 

(Uso "zas!" en vez de "corte" como un guiño a la propia Pastor, que suele tirar mucho de esa expresión, procedente de la serie de animación Padre de familia, que nunca fue santo de mi devoción.). La aludida no lo ve igual, y responde: 


Aquí, cometo un error. Doy por hecho que Pastor no niega el contenido de la columna, pero protesta por la exclusiva personificación que se hace de ella y de Ferreras. Pensando que el enlace a un artículo de Expansión que adjunta tiene el propósito de demostrar que fue un error generalizado, ni me molesto en leerlo y contesto con cierto despiste. La conversación prosigue así: 


Aquí ya sí que nos centramos un poquito más. Ana Pastor sostiene que la interpretación que realiza La Sexta de las palabras de Ana Palacio es correcta, y para ello se sirve del citado artículo de Expansión (que firman Miguel Ángel Patiño y David Casals) y aporta otro nuevo, en esta ocasión publicado en La Vanguardia (que no es más que la información de la Agencia EFE). Hay otro tuitero, Gerardo González (@desdetoronto) que aporta a la causa una tercera pieza, firmada por Llúis Pellicer. No consigo colegir si su tuit, que presenta el artículo con una única palabra -"MATIZ"- es a favor de la tesis de Pastor o de la mía. En cualquier caso lo sumaremos al análisis. 

Un poco de contexto. El Partido Popular obtiene un resultado francamente malo en las elecciones municipales y autonómicas del 24 de mayo. (Pero, ¿cómo? ¿que todavía no ha leído mi análisis de esa cita electoral? Nunca es tarde...). Un aspecto capta inmediatamente una gran atención: las dos principales ciudades del país -y dos de las más importantes urbes de Europa- Madrid  y Barcelona, serán muy probablemente gobernadas por las candidaturas populares patrocinadas por Podemos. La digestión ha sido algo difícil. Esperanza Aguirre ha protagonizado una semana particularmente bochornosa, en línea con la movilizadora campaña que ha hecho realidad esa Manuela Carmena de cuento de hadas que hábilmente diseñó su equipo. Soviets por aquí, dudas democráticas por allá. Acullá, concejalas que desbarran en sus muros sociales. El clima se podría resumir así: la derecha mediática redobla esfuerzos en pintar el entorno de Podemos como emisarios del mismísimo Satán. La derecha política "ayuda" (es un decir) con comentarios como los arriba descritos. Mientras, la izquierda mediática hace de insistente altavoz de todos esos disparates, porque de ellos saca petróleo tanto en audiencia como para sus (legítimos) intereses editoriales. 

Es en semejante entorno en el que Ana Palacio toma la palabra en la XXXI Reunión del Círculo de Economía, celebrada en Sitges (Barcelona), estos pasados días. Aquí puede consultarse la intervención entera. Éstas fueron las palabras de la discordia: 

Hoy estamos en un mundo de nostalgias. Como siempre que hay una gran mutación, emergen las nostalgias. Y la nostalgia puede ser Ada Colau, con una idea, o Podemos, con una idea de una arcadia comunista feliz, o puede ser ISIS... que yo no diría que es una vuelta al siglo XVII, es una nostalgia del siglo XI, de la gran momento del califato (sic). O una nostalgia de los UKIP, de los Le Pen, de los bon bien temps, en los que vivíamos tan bien, tan solos, nosotros aisladitos, todos muy soberanos... eso está latente. 
Esta es mi tesis: con su reflexión, Palacio quiere señalar que Colau y Podemos se mueven por la nostalgia, al igual que el llamado Estado Islámico (ISIS)... y otros actores políticos que cita a continuación. (Vaya por delante: meter al ISIS en un saco de actores políticos no es atinado). Como dice Hughes, "No había una comparación de elementos, sino la comparación de una relación". Esto puede ser discutible, discutido y refutado en fondo y forma.  Pero ojo a cómo plantea Ferreras el tema durante la emisión en directo de Al rojo vivo (a partir del 01:16:49, mientras mantiene una entrevista a distancia con Jorge Verstrynge y da paso al reportero Jorge Romance): 

...atención, hay novedades, la ex ministra de Exteriores... Jorge Verstrynge, ponte el cinturón de seguridad... Ana Palacio está diciendo, Jorge Romance, que Ada Colau, Podemos... son algo así como... los que quieren una arcadia comunista feliz... estilo Estado Islámico. 
Ya hemos visto antes que no. El "directo" posterior de Romance no es mucho mejor, pero sí algo menos deformador. Habla de "comparación" por parte de Palacio de las nuevas formaciones con el Estado Islámico. Resulta incompleto, porque excluye los mínimos matices que harían comprensible lo sucedido con una mínima exactitud. Lo peor viene cuando Ferreras "recoge": 

"...atención, compara a Podemos, vincula a Podemos... a Marine Le Pen... y al Estado Islámico de Al Baghdadi." 
¡"Vincular"! ¡Menudo verbo! Cualquiera diría que Palacio cree que el Ayuntamiento de Barcelona procederá a vestir de naranja a sus vecinos menos afectos y rebanarles el pescuezo. Después, sigue una intervención de Verstrynge "as himself" que no contribuye a la serenidad, pero dado que parece estar en un parque (¿el Retiro?) y toda la información que tiene es la que le acaba de suministrar el presentador, tampoco haremos sangre. Pero el mal está hecho: los medios repican la noticia. Ana Pastor tuitea: 



Doble error. El principal es el de eldiario.es. Cómo hemos visto, Palacio no ha dicho eso. Es curioso, porque la noticia no es más que el teletipo de EFE, con el contenido en líneas generales correcto. Patina un poco este párrafo: 

"Estamos en un mundo de nostalgias, como puede ser la idea de la Arcadia económica feliz de Colau o Podemos", ha dicho, para vincular después esa eventual añoranza con episodios de la historia como "el gran Califato".
Pero parece obra más de una redacción algo pobre que de un avieso afán manipulador. Supongo que el escandaloso titular será cosa de eldiario.es. Mal, insistimos. Y que eso se rebote a los más de 1.320.000 seguidores en Twitter de la presentadora de El Objetivo no es bueno para nadie. 

Vamos ahora con las piezas que aporta Ana Pastor en su defensa. Empecemos por Expansión




No es el mejor de los titulares. Pero no se le puede reprochar falsedad. Es cierto que hace un paralelismo. Pero éste contiene una cierta complejidad intelectual que queda, mal que bien, explicada en el cuerpo del texto. (Ventajas de las piezas escritas). En su primera intervención, Ferreras desliza la idea de que Palacio dice que Podemos y el ISIS buscan lo mismo. En la segunda, ese uso de "comparar" y "vincular" crea una imagen mental en el espectador muy injusta con lo que la ex ministra dijo realmente. Y nada que ver con eldiario.es, cuyo titular es un revuelto de lo dicho por Palacio que en nada se parece a la verdad. Ahora, La Vanguardia




Bastante mejor el subtítulo que el titular. En cualquier caso, aún retorcido, tampoco puede tildarse de falso. Sí, compara el éxito, porque surge de esas "nostalgias" de las que habla. No da la mejor información a aquel que no se lea el resto de la noticia, para qué engañarnos. Pero sigue sin parecerme comparable a lo sucedido en La Sexta. Terminamos con El País



Me parece un titular impecable, qué quieren que les diga. Establece el posicionamiento editorial respecto a las palabras de Palacio sin decir lo que no dijo. (Insisto en que no sé si la noticia salió a colación para defender mi tesis o la de Ana Pastor). 

Todos cometemos errores. Ferreras está al frente de un complicado programa en directo a una hora en la que todo está sucediendo. Tiene que dar paso a directos con la apresurada información que le pasan por pinganillo. Seguro que si hubiese escuchado a Palacio habría sabido presentar el asunto con mayor rigor, sin necesidad de renunciar a un posicionamiento editorial crítico. Cabe decir lo mismo de Pastor. Ella misma es puntillosa con estos temas en los programas que presenta. El pasado viernes, en medio del frenesí informativo que tan poco hueco para la reflexión nos deja, ambos patinaron. No pasa nada. Se reconoce y a otra cosa. 

Sin haber revisado todavía el texto, creo que he conseguido terminarlo sin llamar Ana Palacio a Ana Pastor ni viceversa. Ya me parece cómo para irse satisfecho a la cama. 








miércoles, 26 de febrero de 2014

Lo de Évole



No pude ver Operación Palace el domingo. Es una lástima. Los ecos de su impacto me llegaron a posteriori, y a través de las redes sociales. Jordi Évole había despertado emociones encontradas con un falso documental que presentaba el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 como una pantomima orquestada por el Rey y los principales partidos políticos y dirigida por José Luis Garci.

Muy intrigado, me dispuse a verlo a lo largo del día siguiente. No soy demasiado "evolista", pero tengo que reconocer que lo pasé en grande.  El planteamiento era disparatado y muy divertido. La participación de respetadas figuras de nuestra sociedad -Iñaki Gabilondo, Luis María Anson, Joaquín Leguina, Alejandro Rojas-Marcos, Fernando Ónega, con alguna pincelada "friki" en forma de Jorge Verstrynge o Mayor Zaragoza- daba mucho empaque al empeño, que desde luego en lo formal era de todo menos burdo. Lo de Garci es harina de otro costal. No debió dejar la interpretación en Viva la clase media (José María González-Sinde, 1980). ¡Es un intérprete nato! La naturalidad con la que cuenta anécdotas inventadas podría ser analizada en el Actor's Studio. En resumen, en la modesta opinión de quién esto firma Operación Palace es un producto de entretenimiento televisivo de primera magnitud.

Pero el revuelo ha sido de aúpa. El tema ha excitado a nuestros más sesudos columnistas. Los medios han editorializado. El debate está en la calle, con la ética periodística como espinoso trasfondo. Y todo por el formato de falso documental adoptado por el programa (que, insisten sus responsables, no era un Salvados sino un especial independiente).

No creo que el "falso documental" sea un género llamado a entregar obras maestras. Productos curiosos sí. Évole afirma que él y su equipo tuvieron la idea de realizar Operación Palace cuando vieron en La 2 de TVE Operación Luna, emitida sin grandes alharacas una noche del verano de 2011. Jugaba con que la llegada del hombre a la Luna fue un montaje rodado por Stanley Kubrick. No lo he visto. Sí tuve ocasión de ver, hace algunos años, uno mucho menos conocido, CSA: Confederate States of America (Kevin Willmott, 2004), que fantaseaba con la posibilidad de que los estados del Sur hubieran ganado la guerra civil estadounidense. Sin embargo, el referente en boca de todos a la hora de hablar del "evolazo" ha sido otra, la celebérrima recreación de La guerra de los mundos realizada por Orson Welles el 30 de octubre de 1938.
 
Sólo hay una pequeña diferencia. Quiten lo de pequeña. Es, en realidad, la clave que señala con precisión por qué, a pesar de haber manufacturado cincuenta excelentes minutos de televisión, Évole la pifió con Operación Palace. El antiguo "follonero" elevó la apuesta al plantear la emisión como un engaño a la audiencia. Es ese el único punto dónde patinó. ¡Pero vaya punto! Quién se siente a ver Operación Luna o CSA lo hace a sabiendas de que son mentira. El engaño está pactado entre el espectáculo y su público. Pasó exactamente mismo en 1938 con Welles. Su recreación formaba parte de una serie que dramatizaba novelas en la radio. Se sabía que era ficción. Fue la gente que sintonizó la cadena con la emisión empezada la que pensó que estaban oyendo una invasión alienígena real.
 
Ya nunca sabré qué se siente al ver Operación Palace una noche de domingo pensando que es un reportaje al uso. Pero doy fe de lo bien que se pasa viéndolo al día siguiente, descubierto todo el pastel.
 
Si Jordi Évole hubiese presentado Operación Palace sin ambages como lo que realmente era, hubiese desaparecido el ruido y sólo habría quedado el programa.
 
Su criatura hubiera perdido impacto. Pero él habría ganado honestidad.